dimecres, 23 de setembre de 2009

Nora.

Era un día cualquiera dirigiendo con calma sus pasos a cualquier sitio, haciendo de su camino una pausa en el tiempo. Ese día no iba demasiado especial: la camiseta marrón diminuta de siempre (esa que perfila cada centímetro de su cadera y insinua parte de sus pechos jóvenes), los pantalones negros y ajustados de siempre, los zapatones negros de rasgos raperos que tienen cuadraditos blancos. Los de siempre.  El aire alborotaba sus cabellos oscuros atados por clips y una pequeña coleta que cogía sólo unos pocos mechones. Caminaba despreocupada, libre y un poco descoordinada. Se sentía la única reina de la calle, mostraba orgullosa muchas de las Noras con el corazón prostituído, creyéndose así que la gente sabía que ella era una triunfadora.


 Bajando la calle Pericot, Nora era segura de sí misma, formal, desinteresada, concentrada en su ruta. Llegaba a San Josep y su seguridad desvanecía, pasando a ser tímida y dulce, inocente y muy niña.
Y por la grandes calles de Mil·li Grahit, pisaba fuerte. Aquella Nora tenía cuatro años más que los que solía tener, su cabeza no bajaba de cierta altura, decisiva, sarcástica, caminaba directa, lasciva, fácil de ver pero difícil de mirar.


Pero Nora sabía que sus chicas vividoras de la calle la dejarían completamente desarmada y en pelota picada otra vez cuando, al atravesar el corredero de la entrada del instituto, se encontrara con Ella.
De todos modos, sabe que no va a durarle mucho tiempo, pues Nora no espera y Ella encuentra más de lo que busca. Simplemente Nora disfruta del ahora, sabe que es lo único que le pertenece y que es una nata autoregeneradora...


Por el momento, a su lado es sólo un corazón descontrolado de latir fuerte, que asustado y sin querer, permanece incrustado en las carnes de una piel variable.

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