diumenge, 25 d’octubre de 2009

Claudia perdió su edad, pero la recuperó.

Claudia había perdido su edad.

Hacía algún tiempo nadie volvió a ver el brillo de sus ojos, pues pensaban que el tiempo lo había fundido de por vida. Las navidades ya no le regalaban nada y los besos de los hombres capaces de tocar sexo en el corazón, la aburrían.


Nadie se atrevía a cuestionar la sonrisa torcida que dejaba entrever entre el cabello que la escondía, pues aunque no se pronunciaba, se sabía que derramaba muerte en cada derramo de día.
Pero todos se equivocaron, todos la dejaron por perdida y Claudia renació. Dejó de sentir presión en el cuello por las noches, dejó de tambalear sus brazos al andar . Volvió a sentir miedo, volvió a querer llorar de felicidad... pues le quedaba alguna lágrima.





Tristeza, pasividad, lascivia, sarcasmo, piedad, soberbia... poco a poco la propia Claudia sintió de nuevo su piel. Y recordo qué era el odio... y odió a todas esas personas que odiaban los sentimientos. A las que alguna vez han deseado dejar de sentir, las que han querido ser zombis.
Se odió a sí misma por haber sido una de ellas.


Y una vez más, dejó de tocar teclas y más teclas para ir al bar donde solían quedar, le daría un besito e irían de la mano a cualquier lugar en el que follar con la mirada tranquilamente.

diumenge, 11 d’octubre de 2009

Laura.

En una tarde de otoño, su mente decidió abandonar los restos de Laura. Retroceder al pasado, esfumarse como la vida esfumó de ella en estos últimos años. Un domingo salió del agujero al que le llamamos casa donde supuestamente debería haber sido un sitio cálido y feliz. Pero la suya no era ni cálida ni feliz: la entrada olía a Marihuana y su propia habitación le gritaba ‘’dolor’’ cuando se encerraba en ella buscando refugio del mundo. Su habitación era todavía peor... No solía entrar más que para dormir en alguna noche excepcional, pues ya casi no duerme y si lo hace, no es en su ‘’hogar’’. En el espejo de ésta, en sus sábanas, en sus flores amarillas de plástico podía entrever la mirada lasciva de su padre. Lo poco que había dormido en su cama desde entonces, respiraba por la boca siempre, pues sentía su olor y el de su piel impulsiva y constante que una noche olió sin querer y quedó grabada para el resto de sus entrañas, frustrándola hasta su más hondo y pequeño amor. Así pues, un día decidió dejarse la vida en casa: sin paraguas y la nostalgia como compañera, abrió la puerta de su portal y con los pies descalzos y sin chaqueta, echó a correr. Hacia la periferia, corría con una sonrisa en la cara, pero una de verdad. Las sonrisas de mentira se perdían ahora por sus pies, abandonaba cada una de ellas en las calles de oscuridad que destinaban  a la estación.


Y sintiendo las carnes de sus muslos atrofiadas, agotadas, descendió su ritmo por la calle Barcelona. Sus pies no habían sentido el suelo antes, y ahora, calientes y descalzos, ardían en el suelo exhaustos por cada sonrisa plena que conseguía sacar del alma. Caminaba despacio, en calma. Las gotitas frías de seda aparecían atravesando sus mejillas;  toda esa calle rozaba su piel descubierta como la acaricia de un beso. Pero no un beso de agradecer, no como un beso de encuentro, ni de los que te salen de lo más hondo. El beso de una calle que te hace suya, te aferra en su ternura con olor a humedad y a barro, a obras, a cantidades de polvo mojado. La lluvia descendía con rabia y empapada delante el reloj de la estación de Girona, le pareció estar llorando. El pelo atrapaba los párpados caídos de Laura. Le nublaban la realidad en la que estaba metida, en la que no siempre había sido la suya, no la misma de cuatro años atrás. Entonces podía ser feliz. Su madre no dejaría nunca que su papá hiciera lo que hizo ni que sigue haciendo, entonces la protegería entre sus brazos cálidos y suaves, los besos húmedos de una madre.  Como los de esa calle en obras y oscura. Entonces su madre no huiría de ella. Sus rodillas clavaban en el suelo una inocencia irrumpida bañada en nostalgia y seguida por cúmulo de frustraciones y, con la punta del dedo índice, apoyaba todo el dolor muscular que comprimía el corazón contra el charco de lágrimas en que se bañaba.


Su mirada seca de lágrimas retornó de la pausa emocional en la que había sentido un poquito otra vez su cuerpo y, sin mirar hacia atrás, Laura fue arrastrada  por sus calmados pasos hacia el destino de una vida mejor para sus ojos vacíos: allí, entre gente gritando y ojos llenos de miedo, de sorpresa y las vías del metro que incrustaban sus carnes, volvió a su pasado de sentimientos volátiles y de sonrisas fáciles, y aunque sólo fue por un instante cuando el metro atravesó su cuerpo joven y oxidado, le pareció ver a su madre sin ojeras y sin un cigarro en la mano. La esperaba, tenía los ojos de melancolía y los brazos abiertos llenos de calor corporal.
Laura fue feliz.

diumenge, 4 d’octubre de 2009

Caprichos.


Dos cuerpos pegados ardían de lascivia cuando, una vez más, el mundo moría en guerra y llanto. Y a ellos no les importaba, pues se bañaban en fuego. Dime, ¿a quién no le gusta el poder?



Amor ha sido siempre una mujercita muy egoísta.
Primero te agarra, te sacude hasta el punto en que te abstrae del aire. Y más tarde...
te abandona a reembolso de algún caprichito y con la pregunta de si volverá y te seducirá como la última Amor.