diumenge, 27 de desembre de 2009

Dara y sus 97 abrigos de hombre.


-¿Eh, Dara, el cafetito de siempre?
-Sí porfa, y no olvides el hielo. Lo quiero fresquito...


Eran las nueve de la mañana y Dara se sentaba sola en el bar con el pelo recogido de cualquier forma, mordiéndose las uñas rojas y restregando las mejillas en las mangas de un abrigo reciente.


-Mmmh, éste tenía pasta. Dímelo, tenía pasta, ¿a que sí? Juraría que es de piel cara, en serio.
-Sí, supongo... en el armario tenía prendas de seda. De su mujer, quizás. Eso o tiene el mismo vicio que yo. Ah, y sabes? También tenía jacuzzi. Lo hicimos ahí, en su cama, en el sofá, en la cocina... ¡y en el suelo, Joselito! Fue brutal. Si no tuviera principios me casaría con él, ¡te lo juro!


Dara creía en los finales felices, por lo que desaparecía antes de que abrieran los párpados y pudieran ofrecerle un zumo, ver la tele o su número de móvil. Así tendría muchos posibles finales felices.


-A veeer... creo que lleva Rabanne.
-Sí, es posible - musitó.


Para compensar el que desapareciera sin el abrigo el cual se habían tenido que quitar en cualquier callejón oscuro mientras Dara les comía la oreja, les deja a cada uno las bragas de lencería compradas esa mañana, especialmente para ellos.
Luego, se iría al bar de siempre a pedir un cafetito frío para despertarse, y Joselito la estaría esperando para recibir el cotilleo y servirle un café.


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