divendres, 4 de desembre de 2009

Entre la Perfección y las correas en su espalda.

-¿Quién iba a decirlo, eh? A ella, que parecía tan perfecta...



La rutina de Amelia era la de parecer feliz. Su trabajo era representar un hogar ideal, una familia ideal, una mujer ideal.  Tenía muchos vestidos y de muy diferentes. Pero ninguno de ellos enseñaba la espalda... ni el corazón. Ni sus ojos lo hacían.
Fue la mayor mentirosa de la historia. Ahora la única verdad que recuerdo es el beso en la puerta de mi piso. Se dejó morir, dejándome mil preguntas en las pupilas... cuando la vi por última vez.


Su casa era perfecta, su hijo adolescente era calladito pero hablaba con los ojos. Te los clavaba hasta el fondo de los tuyos.  Su marido el mejor sastre de la ciudad, y siempre llevaba el periódico en la mano. Y bueno, Amelia, también era perfecta. No parecía madre, más bien parecía que hubiera salido de un catálogo de tías buenas. Unos 30 y pocos tacos. No puedo decir mucho más de ella, a mí, sinceramente, desde el principio me sabía un poco superficial. Es imposible que fuera tan pura como parecía. Nos manipuló a todos, aunque no me esperaba que su situación fuera tan brutal. Pero estaba buenísima, y gustaba a todo el mundo. Olía a ropa limpia y se la veía mucho paseándose, siempre preciosa y rubia. No, espera, no era rubia, era rubiísima. Y tenía el pelo muy, muy largo y brillante, sedoso, con tirabuzones naturales.
Odio admitirlo, pero me fascinaba. A mí y a todos los vecinos.
Las vecinas marujas del edificio le tiraban pedos constantemente por las espaldas, pero al verla, a todas se les caía la baba.
No había un día en que no le veía esa sonrisa dulce y transparente perfumada en los labios, cuando yo bajaba a fumar en el portal y ''casualmente'' me la encontraba.


La primera tarde que alcé la cabeza y la invité a tomar un café, unas copas, una cama, lo que surgiera.  Las vecinas han de conocerse un poco, ¿No? Y ella era nueva en el edificio, más o menos.


No fumaba, como supuse. Sus dientes eran nieve. Tampoco bebía café ni alcohol.
Su hilo de voz  me electrocutaba el cuello cada vez que dejaba entreoírse entre el gentío de viernes. Me cagaba en la puta música y el puto humo. Aunque gracias a ello, tuve la excusa de acercar mi oreja a sus labios. El aliento tan dulce que emanaba, me mareó.
Cuando la escuchaba no dejaba de pensar en el placer de sentir las sábanas limpias  al revolverme. Entre mis piernas, entre mis brazos, entre mis pechos... después de una velada húmeda. Hablaba sobre su hijo y su difícil adolescencia pues su padre no se dejaba ver demasiado, sobre la película de la semana pasada, sobre artistas, cuadros, libros... Joder, si yo te contara lo que me gusta, me gustaría haberle dicho. Hubiera quedado un poco descarado y a lo mejor se iba corriendo, ¿no? .   ''Bueno, y tú qué tal? Perdona, es que cuando me pongo a hablar, se me va el tiempo de las manos! Eres una una gran escuchadora, Gloria.'' Y su risa se me atragantó en el cuello. Volvimos caminando y la calle estaba desierta. Ella caminaba rápido. Muy rápido, con las cejas apretadas y mordiéndose el labio. Ahora que lo pienso, le sonó el móvil unas cuantas veces en el bar, pero no lo cogió.
Subimos al ascensor y me acompañó hasta la puerta de mi casa (ella vivía en el tercero y yo, en el segundo).
Se miró el reloj. Pude apreciar pánico en el fondo de sus ojos. Aún así, respiró hondo y relajó la cara. Como últimas palabras de aquella velada me dijo:
-Me ha encantado. A ver si lo repetimos algún día, ¿no?
-Sí, claro, cuando te apetezca hacerlo, estoo, de ir a tomar algo, quiero decir! Hazme una llamada, cuando quieras. Espero verte pronto.


Esbozó media sonrisa. Me dio un beso cálido en la mejilla, se giró hacia la otra y torció los labios hacia la entrada de los míos. Dejó ir una bocanada de aire en mi oreja y me susurró: ''Yo también lo espero''.
Se separó y dirigió sus piernas hacia el ascensor.


Mi cigarrillo y yo la estuvimos esperando dos días en el portal.
El tercer día, la policía y la ambulancia se llevaron un cuerpo interte en camilla.
Y el marido de Amelia con la cabeza agachada y esposado.
Su hijo miraba hacia el suelo, perdido, vacío. Muerto.


Amelia no apareció. Y su llamada, tampoco.

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