dijous, 14 de gener de 2010

con las rodillas desgastadas y un ojo de cristal.


Un viejo me dijo una vez que en el fondo, él no se había hecho mayor. Seguía tan ingenuo como a los quince años, y otros veranos en los prados de Noruega. Tan ingenuo, cuando ella tenía las manos entre su cabello. Cuando se manchaban juntos de verde limpio. Como cuando se tumbaban y se dormían mirándose a los ojos, respirando el aire puro de los avetos. Sintiendo cómo el agua del río se secaba en sus pies descalzos al sol, sin conseguir calentarlos. Pero ellos no tenían frío.


Me dijo que él nunca llegó a caducarse, que seguió siendo un niño hasta el día de hoy, porque
las cosquillas del amor no se las ha quitado el tiempo.

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