dilluns, 26 d’abril de 2010

Malena

casi asfixiándose, Malena hundió otra vez sus dedos hasta el fondo de la garganta y se salpicó los pantalones de vómito ácido, y le pareció que después aún seguían ahí sus dedos, incrustados.
la siguiente vez, aún con más fuerza y cuatro dedos clavados dentro, echaron a patadas los restos que le quedaban de mimo de frambuesa en su carne de Niña Magdalena: la sangre, que ya le picaba la nariz, se dejó caer por allí fuera porque con tanto revoltijo el estómago acabó un poco tonto y liberó lo que quizá esos dedos ansiosos y entrometedores iban rascando hacía un buen rato.

Malena escupió un bocado de sangre, se bajó los pantalones vacilando y se quedó en bragas de ropa y calcetines de colores. se miró las pupilas dilatadas en el espejo y las venas de los ojos ardientes y bateantes. 
torció la boca que parecía algo así como una medio sonrisa enlatada. se extendieron sus labios. se rió. se rió a carcajadas, le dolió el abdomen vacío y cansado porque se desintegraba viva, tenía una carcajada pegada y se mofaba de si misma, pues siempre toda ella fue una ironía.
cogió un pedazo de papel higiénico, limpió el suelo y la taza, se cepilló los dientes, recogió la ropa y allí no pasó nada.

Lucas y Curro

-venga, corre, ven y vuela conmigo!

-yo no sé volar, Lucas, porque una vez, cuando tenía seis años, me subí en un caballo y me caí a trompicones.

-eso son tonterías, claro que sabes volar. ese caballo era tonto, te lo digo yo. venga, el último se come una mierda de cabra!


de súbito, Curro arrancó del suelo y la humedad observaba a esos dos niños (o no tan niños) cruzar toda la tundra con abrazos de hierba y barro. se tiraban al suelo con empujones, revolcándose en el barro y haciendo comer hierba al otro. una hora después, Lucas se asfixiaba en sudor y bocanadas de aire; paró en un gran tronco y se tumbó vencido. el frío nórdico del suelo se le colaba por la camiseta.
Curro se le sentó al lado con las piernas estiradas respirando fuerte y sin ritmo, con dolor hondo de garganta. lo veía cómo cerraba los ojos y dejaba entrever su grande sonrisa de calma.
A Curro se le erizaron los pelos de los brazos, levantó una pierna y la colocó a un lado de él, sosteniéndolo entre las dos. Le miró juguetón desde arriba y le dio un besito en los labios. Lucas abrió mucho los ojos, como si quisiera absorber el momento y los poros de Curro.
sin poder(saber) hacerlo de otra forma



-Joder, joder, enséñame a volar

dissabte, 10 d’abril de 2010

que la sangre caliente de mis venas
se convierta en hiel autodidacta,
hija de Ivy, concebida en barro y guerra.
que el hilo blanco de mis senos
se haga el más mortal de los venenos
amamanto de Lilith, sacramento de Caín
para que mate todo aquello que me quita la destreza,
flaquezas de utopías lacran nuestros sentidos.
para que mate todo lo que nace de mis huesos
para que mate lo que sin quererlo es todo mío.

que la cuna de mis brazos te muda
esta noche febreril, mera vida eterna
de sangre de hiel, hilo de veneno
labios de invierno, corazón de inquina.

dilluns, 5 d’abril de 2010

Dentro, ya en casa, en brazos de la chimenea haciéndome de mamá. El silencio reposaba sobre nuestros hombros y se colaba poco a poco por nuestras espaldas, respaldadas tú en el sofá y yo en el sillón. El que te gusta tanto, que me dejaste esa noche de abril antes de ponerme nuestra manta de lana blanca.

- Aún no me he acostumbrado a esto. Cada día que pasa me gusta mucho más. Será porque el cielo cambia tanto como yo. Siempre está ahí, presente, cada día un poco más lejos y un poco más cerca. Cada día un poco más diferente en relación de donde estamos. Y después están las estrellas, filtrándose por nuestros poros, comiéndonos a escondidas mientras nosotros dos nos miramos. Mientras tengo a mi luna en la cama. Respirando despacito, dormidita hasta las trancas. Y es que ninguna luna tiene la luz que me emanas cuando tus piernas se revolcan por las mías y tu aliento me resquebraja la cordura.

diumenge, 4 d’abril de 2010

Se acabaron los secretos de almohada. Se ha roto el hilito que quedaba cruzando su frente blanca, entre los cabellos de niña postiza. Díganme, señores, si la vieron ustedes jugar. Díganme, señores, si la quisieron ustedes mimar, enseñar a la niña que os enseñó a educar, o a ser menos corrupto. Se acabaron los secretos de almohada. La niña del vestido blanco se vistió de autodidacta y tiene una pistola en la mano. No queda inocencia en cajitas de alambre, se esfumaron por desgarros en el ano, fantasmas que se juraron salvar. Y qué remedio. Díganme, señores, si la quisieron ustedes mimar.