dilluns, 5 d’abril de 2010

Dentro, ya en casa, en brazos de la chimenea haciéndome de mamá. El silencio reposaba sobre nuestros hombros y se colaba poco a poco por nuestras espaldas, respaldadas tú en el sofá y yo en el sillón. El que te gusta tanto, que me dejaste esa noche de abril antes de ponerme nuestra manta de lana blanca.

- Aún no me he acostumbrado a esto. Cada día que pasa me gusta mucho más. Será porque el cielo cambia tanto como yo. Siempre está ahí, presente, cada día un poco más lejos y un poco más cerca. Cada día un poco más diferente en relación de donde estamos. Y después están las estrellas, filtrándose por nuestros poros, comiéndonos a escondidas mientras nosotros dos nos miramos. Mientras tengo a mi luna en la cama. Respirando despacito, dormidita hasta las trancas. Y es que ninguna luna tiene la luz que me emanas cuando tus piernas se revolcan por las mías y tu aliento me resquebraja la cordura.

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