dissabte, 1 de maig de 2010

Lisa y Susan

Lisa era de las que besaba a chicas de pelo corto y se vendía en mamadas. su mirada era penetrante, profunda, azul. te regalaba su luz por un momento y sabías que te habías quedado atrapada en ellos. para siempre, pegada. por eso Susan no pudo dejarla entre sus suspiros de niña muerta y medias bocanadas de aire concentrado cuando yacía entre paredes blancas, con correas en las extremidades después de volver al lugar donde le hacía sentir viva. su casa, su hábitat desde que a los nueve años, quemó su piel con gasolina y cerilla por intentar ser un poco menos ella, eliminar lo imperfecto. entonces, ya con dieciocho inviernos, pudo ver que su mirada había perdido color desde la última vez que la vio. Lisa sobrevivió de pollas, cartones y lluvia callejera durante semanas. recorrió mundo esclava de su miserable ilusión de Libertad como fugitiva, pero volvió y se la podía confundir con las sábanas. sin color. transparente. sin luz. fría como el hielo. con los huesos tan finos como el hilo blanco que la encubría. Susan miró un poco mejor, y el azul que tenía cuando sus límites no eran visiblemente tangibles, se había vuelto gris apagado. la fuerza que sacaba del pozo inacabable de su vida, descendía por las correas y el poco calor que le quedaba, se desvaneció entre los cortes de su carne.



entonces, supo que ella nunca podría ser como Lisa.

aún se le entreveían chispas en los ojos y unas ganas rebosantes de vivir.
y recordaría los pasillos blancos de la clínica y sus escapadas para tocar la guitarra en sus noches infinitas con Lisa, quien después de desaparecer de ese mundo de medicinas no volvió a ver jamás, pero se quedó en un rincón del corazón de Susan para siempre, pegada en las trancas.

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